El sombrero de copa.

Este hábito aparentemente trivial, fue lo primero que el Espíritu usó para hacerlo morir a la influencia del público. Un domingo temprano en la mañana, estaba con el Señor en oración, comentó: «La gloria de aquella mañana era muchísimo más brillante que la luz del sol. Había tal paz y quietud solemne. Sentí que el suelo era sagrado. Algunas veces había percibido lo mismo antes, pero fue mucho más intenso aquella mañana, como si las palabras de Isaías se hubieran vuelto realidad: `. ..Y la luz del sol será siete veces mayor, como la luz de siete días. . .’. El Señor me mostró luego el lugar de permanencia en la intercesión al cual me había llamado. Se trataba de estar en actitud de oración durante todo el día. Por primera vez, ¡no podía llevar mi sombrero! Caminar por toda la ciudad así, para ir hasta la misión, ¡sería imposible! ¡No podría hacerlo! ¡Nunca! La gloria se alejó pronto, y el sol no tenía más luz que la normal, si acaso menos, y ¡oh!, ¡la oscuridad que vino sobre mí! Cuánto deseaba no haber salido aquella mañana. Ni el ayuno podía ser comparado con esto. Solamente los de mi casa estuvieron involucrados en la prueba del ayuno, pero en esto era yo quien debía ser un espectáculo delante de toda la población. ¡Ellos nunca habían visto a un hombre sin sombrero en la calle!». Cuando se llegó la hora de ir a la misión, el Espíritu Santo le dijo que no debía ir a menos que le obedeciera. Mientras estaba de rodillas, el Señor le preguntó qué razones 50 tenía para no querer obedecer. ¿Deseaba salir de la presencia del Señor? No, no era eso. La única razón que podía dar era que la influencia del público sería muy grande sobre él, y no sería capaz de soportarla. Entonces, el Señor le dijo que esa era exactamente la razón por la cual le había pedido que lo hiciera. No debía predicar de nuevo sobre el estar muerto al mundo hasta que tuviera la victoria sobre esto. “¡Cuánto del mundo está en nosotros, y pensamos a menudo que estamos muertos a él!», comentó el señor Howells. «Yo me reía de un hombre que se ponía el gorro del Ejército de Salvación, ¡pero ese día deseé que el Espíritu Santo me permitiera usar por lo menos eso! Pero El no transigiría para llegar a un acuerdo. . . Tuve que decir: ‘Soy un esclavo de amor, Tú me sacarás del apuro’. Pensó que si pudiera evitar herir a su madre lo demás no le importaría mucho. Esto, encima de lo del ayuno, de seguro la haría pensar que algo andaba mal en él. Su familia era muy conocida y altamente respetada en la ciudad, y el solo pensamiento de deshonrar a sus padres hizo esta prueba doblemente dura. «Estaba arriba orando», dijo, «intentando obtener tanta fortaleza como me fuera posible, pero el Señor parecía estar muy lejos. A menudo en una prueba, da la impresión de que no hay Dios en el mundo». Su madre se dio cuenta que se había tardado en salir. Al oírlo descender, fue a su encuentro con el sombrero en la mano, limpiándolo con un cepillo con todo el cuidado amoroso de una madre. «Cuando le dije que no iba a usar el sombrero», dijo él, «pensé en las palabras del viejo Simeón a María: `… y una espada traspasará tu misma alma. . .’. ¡Cuánto significa para los padres ver a uno de sus hijos caminando por una senda extraña!». «Nunca olvidaré el cruce por la ciudad aquel día y la gente que pasaba rumbo a otras iglesias. ¡Predicar sobre estar muerto al mundo! ¡Cada nervio sensitivo de mí estaba vivo al qué dirán! No estaba mejor que un ciego. Parecía que el diablo había juntado todas las fuerzas del infierno para atacar esta simple obediencia. En realidad no era nada; yo había sido llamado a pasar el día entero en actitud de oración y eso significaba un poco de separación del mundo. Oh, ¡qué profundidades las de esta respetable naturaleza egoísta! Pero estaba en proceso de ser cambiada por la naturaleza divina. Fue alivio llegar a la misión. Era como una Ciudad de Refugio que nos protegía del enemigo. Entre nosotros mismos había siempre una sonrisa después de la prueba». Pero la actitud de oración no solamente debía ser conservada los domingos. «Ya fuera que estuviera trabajando, caminando o haciendo cualquier otra cosa», las almas por las cuales oraba debían estar en su corazón. Esto implicaba pasar cada día sin usar su sombrero. «Hasta cierto punto tuve la victoria», comentó, «pero era una muerte verdadera ir a trabajar sin sombrero. Sin embargo, ya era más difícil desobedecer que obedecer y la gente se acostumbró a verme así».

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